miércoles, agosto 23, 2006

Equipaje

Cuando tengas un lugar donde llorar, sabrás que definitivamente el espacio que se respiraba entre tú polo norte y mí polo sur, fue sólo una distancia arbitrariamente escogida para no tener que volver a rendirnos cuentas por las desafortunadas afirmaciones contrapuestas a la altura del paladar. Sabré que nunca existieron paracaídas, canales interoceánicos, estrategias o rimas. Todo formará parte de un contrato silencioso, el cual accedimos a firmar, aquel instante en que las memorias dejaron de pertenecernos para escapar con nubarrones, sin dejar un rastro lo suficientemente digno para volver a despertarlas.

Ya no habrá reportes del tiempo, y si los hubiese, el pronóstico seguirá siendo el mismo: por más que alguno intente apropiarse de ese espacio, encontrará que todas las señales se quedaron contemplando el último refugio, aquel imaginario-inalcanzable-improvisado por un testamento indefinido y la mala fortuna que es dejar el honor en un taller de reparaciones.

No pretendo que existan reparos, por lo que en caso de omisiones, es posible atribuir ese desliz a un imaginario compartido, es decir, hacer uso de aquella frase “nadie tuvo la culpa” y pensar, que como muchas otras cosas en la vida, somos accidentes a punto de ocurrir.

Cuando tenga un lugar donde llorar, los escotillones se abrirán en defensa de aquellas lágrimas que no pudieron terminar el ciclo por el cual fueron invocadas. Volverá la presión silenciosa sobre los pómulos y, al igual que un estornudo, brotarán los restos de aquella dignidad que intentó despedirse cuando los caminos y el mundo parecían cerrarse en una pieza oscura.

sábado, julio 15, 2006

La última resistencia

La última de las resistencias quedo entrelazada al recuerdo de cientos de espectadores. Todos pensábamos que el desalojo sería cosa de minutos, pero esa afirmación casi paradigmática se desmoronó cuando tomamos conciencia que no era cosa de tomar los muebles, las alhajas y los cuerpos; el escenario casi estoico fue más que el receptáculo de los eventos de anteanoche, ni la sorpresa fue capaz de levantar el resto de historia que se acumulo en esas paredes.

Tendidos quedaron los durmientes, su belleza perdurará en nuestra pupilas y hasta en sueños buscaremos encontrarnos con sus miradas despojadas de toda esperanza. No habrán despedidas, tampoco minutos de silencio, porque fue hace mucho que escogieron abandonar los paseos nocturnos. No hablarán más de ellos las calles, los semáforos y los quioscos, serán como esas sombras que alargadas persiguen al sol para escabullirse antes de que la noche los azote con culpas. Si alguna vez hubo reminiscencia fue de aquellos abrazos en que desnudos se abrigaron en una esquina pintada por la última resistencia.

Resistieron al propio instinto de aniquilar con palabras sus espíritus. Jamás torcieron el rostro cuando la venganza afloró para quedarse como uno más de ellos entre las sabanas. Así jugaron, hasta que el éxtasis los desbordo aquella noche en que nunca más pudieron bendecir las copas. Benditos los arrogantes, que afilaron el deseo al punto de incendiarse en gracia. Benditos los amantes, cuyos nombres no quisimos enunciar por respeto a todos los que nunca supimos admirarnos de su gloría.

Fueron los últimos de su signo, y claudicaron llevando hasta el límite la mano abierta de su suerte, sin velos, sin puñales, con los rostros descubiertos en señal de aparente despedida. Pues si algo hubieron de dejarnos, fue que el tiempo se hace cargo de hablarnos sin reproches.

viernes, julio 14, 2006

Pasos

De costado sigo dibujando el perfil de un sueño que resguardé del asombro de mis propias posibilidades. Lo he perdido todo y todo lo he ganado, pero el sabor tendido en mi camino resulta de una belleza incontenible; a ratos siento que no existen palabras que converjan para dar sentido a lo visto y sentido durante las estaciones abandonadas con la partida.

He llorado junto a los trenes la despedida y la derrota de quien amó la verdad por sobre todas las cosas, sin conmiseraciones, reproches o artificios. El límite es el último gran refugio, pero la mirada no ha de quedar clavada en el desfiladero para retorcerse. La mirada retorna y los territorios parecen ensancharse con la marcha dirigida al hogar. He tocado el límite con el sabor doloroso que es dejar de estar, saber que se abandona la proximidad del otro y que aquel reencuentro sólo cabe como un accidente. Importa, y por mucho que se intente desdoblar la historia en un acto mágico de desaparición, algo queda tatuado en aquel rincón de intimidad piadosa.

Pero ante todo, la voluntad de quien ha cruzado el purgatorio, es señalar la propia vida enmarañada de humanidad. Y aunque se pretendió desnombrar todo error y padecer, más que nunca se vuelven a despertar los sentidos en un acto casi frenético por aferrarse a la propia dignidad. El sentido de las calles ha cambiado, los viejos amigos siguen haciendo rimas y yo comienzo a guardar el paracaídas con el que cruce la muerte. Ahora camino a pasos pequeños, no hay prisas ni tiempos que cumplir, sólo una historia que contar.

domingo, abril 02, 2006

Noción de límite

Se supone, o al menos así lo han señalado los expertos, que una de las funciones del Yo es la capacidad que tenemos para diferenciar el “si mismo” de los objetos que se hayan en la realidad externa. A esa función se le llama vivencia del Yo como diferente a los otros y al ambiente (no-Yo). En el caso de una patología mental grave, como una psicosis, esa función se vería alterada; el loco no es capaz de diferenciar su realidad interna de la externa, es mas, no es capaz de distinguir lo que son sus propias vivencias de las del resto, esta despersonalizado.

Ahora bien, saliendo del campo de la psicopatología, esta vivencia del Yo es para mí mucho más que un criterio para diagnosticar si alguien esta en su sano juicio o no, creo que la noción de límite nos lleva a situarnos en una experiencia humana fundamental: la pérdida y el encuentro. Dos vivencias que en su tensión y contraste nos revelan el sentido de los espacios, ritos, despedidas y relaciones. No es trivial que nuestros tiempos tengan inicios y finales; la finitud de cada uno de nuestros actos y la de nuestra propia vida no sólo representan la necesidad de una zona de contacto, sino la esperanza del reencuentro.

Por obvio que parezca un encuentro se tiende sobre dos extremos: un comienzo y un final. Exploramos desde la primera mirada la posibilidad de dirigir un sentido al contenido de esa instancia y el circulo de cierra cuando damos por terminado ese espacio sagrado. Perdemos al otro, y es en esa perdida que la esperanza nace bajo la promesa entrelineas de volver a tocarnos en un nuevo comienzo. Se toca el límite con el sabor doloroso que es dejar de estar, saber que se abandona la proximidad del otro y que volvemos a sentir ese espacio esperando una próxima vez. La distancia entonces nos devuelve el deseo irrefrenable de rozar, desde el recuerdo, la posibilidad de hallarnos tendidos nuevamente entre un comienzo y un final. Nos perdemos y sin vacilar tocamos el límite, pues sabemos que sólo probando la finitud estaremos a un paso de la trascendencia.

Noción de límite es el sentido mismo del encuentro. Se pierde y la finitud cae como un telón entre dos miradas. Nos duele y lloramos, pero sabemos que el sabor a muerte no es casual ni masoquista. Comprendemos que el valor de ese instante sólo en posible cuando llega el final; en nosotros vuelve a nacer la necesidad de reencontrarnos.

Ante todas las resistencias, siempre terminamos hallándonos.

domingo, marzo 19, 2006

El valor de los momentos

Tarde o temprano en nuestra historia nos vemos enfrentados a la posibilidad de vivenciar instantes que marcan el curso de nuestra existencia y fundan un espacio irrenunciable en nuestra memoria. Así lo son una serie de sucesos como el nacimiento de un hijo, la salida del colegio, la muerte de un ser querido, el matrimonio, etc. Sin duda, hechos irrepetibles y por lo mismo cargados de significación. En la lógica de que existen tales eventos y que a la vez están dotados de significación personal o colectiva, vale la pena preguntarse por su naturaleza, en el sentido que una aproximación a la compresión de estos no se reduce al desglose de un fenómeno social, a su arqueología y sus efectos en las personas. La mirada con la que acojo esta pregunta intenta develar lo que hay de nosotros en ellos, sin importar si su sentido esta dado por condiciones socio-históricas, por asociaciones accidentales o por una vivencia personal. Lo fundamental remite entonces a posar el valor de lo humano en todos aquellos sucesos, a preguntarse por su trascendencia y se esta se queda atada al valor de lo consensuado o da un paso más allá.

Intuitivamente he pensado dos formas de aproximarme a este fenómeno de los “momentos irrepetibles”. Dos formas entendidas por asociación, es decir, desde una lógica complementaria, no en una cadena de superación, sino en la adición de sus “propiedades”. Una primera de manera de pensar estos eventos seria del orden de lo fáctico. La significación de los hechos estaría dada por el conjunto de características a las que se le atribuye dicha significación. Los atributos significativos se cristalizan en un evento a lo largo de la historia y en la repetición en función del rito. Tres componentes se unen: rito-repetición-historia y fundan un espacio que denota sentido. El sentido esta dado por nosotros a través de los tres componentes, pero pareciera que se sostiene a si mismo cuando este se cristaliza y, porque no decirlo, se vuelve convencional; nos guste o no portamos un carga de registros y símbolos que se expresan aún en los aspectos más cotidianos.

Sin duda, la existencia de ritos y que estos estén cargados de significación compartida, no refiere directamente a una suerte de mecanicismo, siempre y cuando se cumpla una segunda condición o mirada respecto de aquellas vivencias. Se puede decir entonces que una segunda aproximación establece que los eventos no tienen sólo un valor propio, sino que además somos nosotros quienes otorgamos ese valor. Más allá del ritual o de la estructura, lo que realmente importa sería aquello que nosotros depositamos y que eventualmente seria el sentido más propio. Es como si el sentido de las experiencias se activara en el encuentro con la personas y no por si sólo. Su trascendencia radicaría entonces en que cada nuevo encuentro no es una repetición, sino una reinvención del sentido que se da en lo personal y luego se difunde al colectivo.

El espacio y el tiempo que acompañan nuestras vidas bien podrían ser un guión ya conocido, un territorio conquistado, un sueño soñado por muchos, y que por lo mismo ya sabemos donde termina. Una repetición volcada al cliché que se hace de ciertos acontecimientos vitales es distanciarnos de aquello que más nos pertenece. La compulsión a mantener la significación del rito encasillado a su espacio, nos quita la posibilidad de volcarnos desde nuestra propia experiencia vital y sellar ahí nuestro propio lugar con la historia y el instante. Lo que nos devuelve esa certeza de existencia posible se sitúa en que todo lo que nos toca vivir, incluso la “trivialidad”, no acontece como algo que debe acontecer, sino como algo que queremos que acontezca. Que las celebraciones o la pena no nos hable sólo desde el curso natural de las cosas, porque de ser así, nos restamos inmediatamente al encuentro personal con aquellas vivencias. Sentir que a cada paso algo nos habla, aun en las pautas establecidas, es volver a permitirnos la improvisación dentro de los espacios fundados. El sentido anudado a ciertos acontecimientos se desnaturaliza y entonces podemos preguntar por el valor del rito para nuestra propia vida.

Bien podríamos sentenciar nuestra existencia a la repetición de los momentos como un deber propio de la naturaleza humana. Pero lo verdaderamente humano se sitúa en la cierta posibilidad que es traspasar el sentido propio del rito, no para hallar algo mejor o “verdadero”, sino para permitirnos una alianza con aquello que habla desde nosotros mismos.

martes, marzo 14, 2006

Algo que perdí

Hubo un tiempo en que podía sonreír a cualquier persona sin estar pensado en cuanto ganaría con aquel gesto. Pensaba en que los abrazos y las sonrisas eran solo gratuidad, intimidad por algunos segundos, un misterioso encuentro que me acercaba más al otro y no pura formalidad social. Eran días en que salía a la calle y todo me resultaba bello, esa belleza que se encuentra también en el dolor, en la pobreza y en el fracaso. Pensaba que se podían encontrar signos de amor en todas partes, aun en la miseria y en todas las mascaras de lamentos que hay regadas por santiago.

Recorría Santiago buscando vida, y sin duda que la hallaba. Vida que para mi era fuente de sentido para mis propias acciones y desafíos; el mundo no era un lugar que conquistar para luego sacar a relucir la “gran persona que soy”, sino un espacio en donde la libertad se nos da para gustar, sentir y amar. Daba lo mismo cuanto te reconocieran los otros o cuanto dinero ganabas, lo realmente importante estaba en poder situar la mirada por sobre todas esas convenciones marcadas por el poder y encontrar en todo y en todos la intimidad suficientemente necesaria para sentir que la vida se nos ha dado para recorrer y reconocer que nuestra vida tiene sentido cuando se comparten los deseos a través de gestos marcados por autentica humanidad. Sin prejuicios, sin desconfianzas, sintiendo que no se esta caminado sólo por uno, mas allá de los desencuentros, y que en todos hay la misma capacidad de despertar la posibilidad de amar.

De pronto convencerse de que esa posibilidad existe solo queda anclada en las buenas conversas o en la intimidad que da la soledad de sentir esa necesidad. Se nos pide llevar a cabo lo convencional; da lo mismo quien es la otra persona, pues lo importante pareciera ser quien soy yo; da lo mismo si hay paros, alzas de combustible, bombas atómicas, pensiones miserables, da lo mismo si esa realidad no me toca a mí. Nos convencemos que esos contextos no nos pertenecen, porque lo realmente importante es lo que esta más próximo a mi vida, así como todo lo que pueda ayudar a concretar el sentido convencional de nuestra existencia. Todo resulta completamente ajeno, incluso aquello que acontece a nuestro lado. ¿Dónde situamos la mirada? En nosotros y en nosotros se queda el sentido, atrapado entre nuestros miedos y lo que debemos ser.

Entonces ¿Qué nos queda en este cotidiano devenir de desencuentros? Encontrarnos, pero no ahí donde siempre hemos estado mirando, tampoco hacia arriba esperando que pasen cosas. Nos queda tomar la sonrisa más cercana y devolverla cual carnaval es y siempre será cuando queramos. Nos queda la intimidad nacida del silencio más escandaloso, incluso de la memoria atrapada hace más 30 años. Nos va quedando el misterio, el misterio encontrado en los errores y en los reencuentros, en los dolores y en la manera en que sabemos darles sentidos. Pero también en la convencionalidad impuesta o auto impuesta, porque también nos pertenece. No hace falta escapar de lo que hemos gestado nosotros mismos, sino hallar ahí eso que alguna vez perdimos.

domingo, enero 29, 2006

Córtame el corazón con una tijera para zurdos

De las cosas más absurdas que me han tocado constatar es el encanto con que sueles caminar hacia la dirección equivocada. Me gustaría borrarte ese par de tobillos y poner ahí una silla de playa reclinada casi al nivel del horizonte; quizás así deje de encontrar absurda esa encantadora manera de contonearte cuando te aproximas al error.

Yo me pregunto, de vez en cuando, cuando la noche no quiere dejarme jugar bajo las sábanas, dónde queda el recuerdo de los primeros encuentros: tocamos sin hacer preguntas o intervenir con frases mal o bien hechas, cualquier contacto accidental nos purifica violentamente y todo, hasta lo más fortuito, nos hace volver al punto inicial; no será que este dramatismo ignorantemente autoimpuesto sólo es un montaje de la otra cara de un “te quiero” ¿Cuándo se volvió todo sumamente mortífero a nuestros paladares? Quisiera hallar la respuesta en la resignada forma en que te miro mientras extiendes tu mano al interior de tu cartera buscando el encendedor; ojalá lo encuentres, no vaya ser que me vuelvas a culpar de tus errores.

Cuando dejas de darme la espalda y tu lengua arroja fuego y azufre, tengo miedo de que el roce de mi pantalón contra tus piernas te provoque la muerte. Me da rabia, pena, las dos al mismo tiempo, pero prefiero que me cortes el corazón o me podes el alma antes de que yo muera para ti: no quiero ser un recuerdo. Una de las cosas que me vuelve los pelos de punta es la posibilidad de tener que experimentar mi existencia como algo fútil para la tuya. Yo no puedo sin tu vida vivir, y me arrastro por el mundo tras tus piernas buscando mi corazón que cayo de tanto rozar el filo de tus tetas. A que ya olvidaste donde fue a parar.

Aún así me gusta ver cuando te diriges hacia el desfiladero, es mi pequeña venganza, mi “te lo dije”. Vas ciega, desmenelada de razones y con tu rostro frígido por que sabes que el encanto no te salva de esta. Pero duele y lloramos, porque no sabemos como buscarnos entre roces y texturas diferentes. Por mí que todo se hubiera quedado igual: nada de miradas coquetas, de besos largos y cortos, nada más de desvestirse. Hubiera sido todo más fácil si no pusieras esa mirada cuando fallo, o yo no me excitara cuando te veo a las puertas del suicidio.

Pero nos quedan los encuentros, la promesa autocumplida que nos devuelve la intima desazón de que nada es porque si, de que todo puede volver a ser como antes, pero que es necesario tocar la vergüenza y la humillación para entender el porque lloramos y también nos sonreímos.